Alfredo Fressia


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Enrique Fierro
Ida Vitale
bio/biblio:

Alfredo Fressia nació en Montevideo (Uruguay) en 1948. Profesor de Literatura, se desempeña también como periodista cultural. Es traductor de poesía brasileña al español. Reside en São Paulo desde 1976. Su obra poética incluye los siguientes títulos: Un esqueleto azul y otra agonía (1973); Clave final (1982); Noticias extranjeras (1984); Destino: Rua Aurora (1986); Cuarenta poemas (1989); Frontera móvil (1997); El futuro/ O futuro (1998); Amores impares (1998); Veloz eternidad (1999). En México ha publicado Eclipse. Cierta poesía (1973-2003) en Alforja – Conaculta, 2006 y Destino: Rúa Aurora, Thélema, 2007.


poemas:


LITURGIA

Meticulosamente deshice el cordón de los tobillos,
abrí el cinto del vientre
y bajé con cuidado las caderas.
Me desabrocho con minucia el pecho,
me quito la máscara facial desde el mentón hasta la nuca
y si un escalofrío dorsal me delata la columna
la pliego como un feto
cada madrugada.

(De Clave final, Montevideo: Ediciones del Mirador, 1982)


LOS EMIGRADOS

Mandamos decir:

No pasa nuestra historia por la húmeda
Galicia de las madres ni conoce el padre
su Lombardía alcohólica. Los días
se habían exiliado en su orden de partida
y nunca fueron nuestras las líneas de las manos.
La bahía en que la madre pobre nos nació
de cara al mar para mejor aprender el abandono
nos sube todavía hasta los ojos y el pasado
tramaba desde siempre la futura
geografía del polvo sin idioma.
Tampoco se arrepienten las cifras del dolor
ni es nuestro el inverso correo de las sombras
veladas en las fotos que nos borran
la cara del planeta.

(De Noticias extranjeras, Montevideo: Ediciones del Mirador, 1984)


EL MIEDO, PADRE

Padre, yo me espanto
de estar preso en mi cuerpo, el condenado
umbral, perfecto, este retorno, padre,
eternamente en viaje y muerto, por las cuatro
estaciones y la suerte
echada de los hombres, los hijos
obedientes de la especie, padre,
los muertos venideros. ¿Quién es
este huésped en mi cuerpo? Estos años,
¿de quién son prisioneros en las venas?
¿Qué hago, padre, con mi espanto
a cuestas, y mis días
en los días implacables de los hombres?

(De Noticias extranjeras, Montevideo: Ediciones del Mirador, 1984)


ECLIPSE

Sabías que esa noche llegaría, la del sistro de caliza
yaciendo en la caverna, en silencio los lobos
y los hombres de manos artífices, tan diestros
en el arte de morirse.
¿Y tú, ahí afuera, te sorprendiste herido por los astros?
Ya no palpitan, no son almas donde huía fugaz una pasión, esta vez
nacieron opalinos huevos del eclipse, esperando por abrirse
en el derrrumbe. Caerán sobre la tierra que pisaste, planetas huecos
de la primera cuadratura, piedras rotas sobre el cristal que habías historiado
con tus viejas escenas de caza en Nínive.
La hora llegó, ya viste demasiado el pergamino de tu cielo.
Ya sabes que tu pecho en negativo no acusa corazón ni familia ni nada
de sagrado, Fressia irremediable, sólo esa ostra celeste hecha de tiempo,
madreperla menguante (no repitas la mala suerte en el eclipse)
donde volvía a nacer siempre tu padre, indagando inútilmente
por un hijo, su mensaje en el tiempo, huellas digitales contra el vidrio
empañado de futuro y a ti, botella al mar, te tragaba el torbellino,
dorsal, desde los Apeninos a la pampa.
No nos fijemos en detalles, eso
era el futuro, ya lo sabías refugiado en el vientre del bisonte:
eras hombre y mujer, y el cielo fue un desierto
donde ardió media hora la fogata fría de tus huesos,
y estaba escrito que no hubiera bordes ni destino
ni esperanza de morir cercado de tus hijos, el semicírculo acosado
desde antes de nacer. No te veo acariciando sus blandos esqueletos,
tus niños muertos (de joven llorabas), canciones para danzar
entre los dientes de papel del dragón chino, tan manso
como las lunas rupestres de cada aniversario, recién nacían,
eran las últimas sombras del eclipse, mientras el sistro, Fressia,
te seguirá esperando rajado entre tus manos.


LOS PERSAS

Según Herodoto, la armada de Jerjes
ya había dejado Sardes camino a Salamina,
cuando el sol empezó a abandonar su lugar en el cielo
y a desaparecer. El día, sereno y sin la sombra de una nube,
se fue transformando en noche. El sol
tomaba el color del zafiro y, al mirarse entre sí,
los hombres se veían pálidos como muertos.
Todas las cosas parecían bañarse en un vapor oscuro.
El estupor y el espanto se apoderaron del corazón
de aquellos hombres jóvenes. Jerjes veía el prodigio,
lo siguió con atención y preguntó a sus magos
lo que significaba. El cielo, le respondieron,
anunciaba a los griegos la destrucción de sus ciudades
pues el sol, decían, es el astro profético de los griegos,
y la luna el de los persas. Jerjes, suspendido,
se encantó con la respuesta, alivió a sus hombres
con palabras confiantes y (no callará nunca
Herodoto) ordenó que retomasen la ruta.

Al morir lo comprendieron: morimos
de un eclipse, eternos como el zafiro,
y seguiremos el retorno de las lunas
mientras un Coreuta recite nuestros nombres.
Fue sólo para eso que vivimos.

Jerjes murió en palacio, asesinado por un traidor.

1 comentarios:

Hugo Medrano dijo...

Saludos desde Guadalajara,México, estimado don Alfredo Fressia.

Soy el Dr. Hugo Medrano, prof-investigador de la Universidad de Guadalajara, y me estoy comunicando con usted porque yo decidí tomar el reto que plantea en el capítulo "El narco y las letras" de su libro CIUDAD DE PAPEL.

De tal manera que me estoy comunicando con usted para saber si quiere hacer una introducción a mi libro que tentativamente lleva el título de su artículo y un subtítulo que dice "Para estar a la moda".

Muchas gracias por su amable respuesta a mi correo
hmedrano2@gmail.com

Atentamente
Dr. Hugo Medrano