Elvio Gandolfo




mencionado por:

Omar Tagore


menciona a:

Circe Maia
Roberto Echavarren
Roberto Appratto
Roberto Mascaró
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Salvador Puig
Sergio Altesor
Eduardo Milán
Pablo Galante
Omar Tagore


bio/biblio:

Nació en Argentina en 1947. Vivió en Rosario, Montevideo y Buenos Aires. En Rosario dirigió con su padre Francisco Gandolfo la revista literaria el lagrimal trifurca (1968-1976). Publicó: cuentos: La reina de las nieves (1982), Caminando alrededor (1986), Dos mujeres (1992), Ferrocarriles argentinos (1994), y Cuando Lidia vivía se quería morir (2000). Ensayo: Parece mentira (1993) y El libro de los géneros (2007). Novela: Boomerang (1993), y Ómnibus (2006), de difícil clasificación.

En poesía integró tres ediciones grupales: De lagrimales y cachimbas (1972), Poesía viva de Rosario (1976 y La huella de los pájaros (1978). Libro inédito: El año de Stevenson – Primer trimestre.

Trabajó en periodismo cultural en los diarios La Opinión, Clarín, El País y Página 12, las revistas El Péndulo, V de Vian y otras, y los semanarios Crónicas Económicas, Opinar, Jaque, La Razón, La Democracia, y la revista Punto y Aparte. Forma parte del equipo de coordinación de El País Cultural desde su primer número. En 2006 condujo 24 programas de Los libros y el viento, en TV Ciudad, con reportajes, comentarios, sitios de la ciudad, etc.


poemas:


Ventanilla

El techo de nubes bajas en la madrugada,
sobre las cuchillas suaves empastadas de gris
por el cielo de tormentoso Apocalipsis silencioso
que casi las toca. Ominoso todo, inminente y letal
en su mudez a no ser por aquel fondo lejano de
reflejos solares rectos y triunfales, bíblicos:
el paisaje exacto y remoto para el nacimiento
de un nuevo Dios o del mismo que vuelve resucitado
después de cuatro siglos de ausencia.


La que era poeta

Ni la loca,
ni Juanita Banana.

La de América,
la que contó y cantó
al Chico Carlo,
la que tuvo lenguas de diamante,
rosas de viento,
cántaros frescos
y milagros dulces,
y hacia el final,
dientes destruidos.

Porque cayó, cayó,
como suelen caer
en esta orilla oriental
los inventores y cantores,
hasta naufragar en casas ruinosas,
emolumentos nulos,
y un rostro asombrado,
nada rencoroso,
de “yo merecía otra cosa”.

Un tanto rechazada, olvidada,
apartada a esa altura,
por esa gente montevideana
de las “fuerzas vivas”
tan cultora del deber ser,
del se hubiera cuidado,
del tendría que haber
pensado en su futuro.

Gente después aún más apasionada
cultora de la culpa y el pago
un poco mezquino,
demorado, tardío,
siempre posterior
a la muerte
de la susodicha,
caída ya en decúbito dorsal.

Así que al final está,
bella pero un poco matrona
(no joven y alegremente sexy
como lo fue en sus tiempos),
un poco amarilla por la tinta,
con rodete,
en esos almidonados billetes de 1.000,
los de más alta denominación,
que voy dejando caer en cantidad
(uno, dos, tres, cuatro,
cinco, seis, siete, ocho)
a cambio de un alquiler
y dos gastos comunes.


Otro bookstore

Inevitablemente cada vez que la ves
pensás, con los labios estirándose
en una sonrisa: qué bueno, está ella.
Y ella mirándote parece pensar
mientras se le estiran los labios
en una sonrisa: bien, vino él.

Después intercambian un par de docenas
de palabras sin que termine de diluirse
nunca la sonrisa. Las manos y los cuerpos
se mueven dentro de un ritmo de algo
que no se sabe qué es.
Mínimamente sé algo de ella:
tiene pareja, o algo así
(nunca averiguaste más).
Seguramente ella sabe: es
un tipo que vive en dos o tres ciudades,
que viaja con frecuencia, que a veces
entra a la librería y sonríe al verla,
justamente a ella, y no otra.

La clave está en seguir
pisando con cuidado la cuerda floja.
Como si, copiando aquel cuento alemán
que leíste hace tanto tiempo, te dijeras o
le dijeras, sin decirlo (contrariamente al cuento,
tan alemán, que desde luego lo decía):
demos lo que diríamos por dicho y conversado,
demos lo que intercambiaríamos por intercambiado,
dediquémosnos a referirnos a algún libro
de poemas, a alguna revista que es difícil
de conseguir, muy de vez en cuando a
alguien que los dos conocemos, pero también
sin extendernos, usando palabras que son
cultivados y antiguos lugares comunes
para referirse a otra persona.

Incluso en el flujo entre los dos
mientras dura tu presencia en la librería,
hasta cuando quedás oculto detrás de la
curva del fondo, donde están los libros
un poco caros y las revistas envejeciendo
a lo largo de los años,
cada uno de los dos, sin decirlo,
es probable que siga consciente de la sonrisa
del otro, de la otra, incluso o sobre todo
del cuerpo, los brazos, las manos y en especial
la cara (en silencio: “qué cuerpo, qué brazos,
que cara tan, tan especial”).

Dicho de otra manera tampoco ahí
cae ninguno de los dos en la trampa,
y también dan por levantado lo levantable,
por tocado lo tocable,
por acariciado lo acariciable,
por besado lo besable.
Dentro del mismo ritmo, de las mismas
escobillas infinitesimales tocando
apenas un sutil tambor de fondo
estableciendo el ritmo,
te hace un descuento que pierde
todo su carácter comercial y administrativo,
simple despedida a modo de puente
para la próxima vez que esté ella
y yo venga.


Bandazos

¿Se te salió la cadena,
te descontrolaste?

¿Perdiste la brújula,
te desorientaste?

¿Andás sin corazón,
te desamoraste?

¿Estás pensando,
te desidiotizaste?

¿Ahora sos bacán,
pelechaste?

¿Te pasaste al poder,
pechaste?

¿Eras flor de romántico,
te desilusionaste?

¿Te fuiste del presente,
te pasaste?

¿Patinaste en el riel,
te descarrilaste?

¿Le erraste al trampolín,
te reventaste?

¿Fuiste, loco, fuiste?

2 comentarios:

Sandra Ignaccolo dijo...

Letras extremadamente exquisitas, mis respetos para vos.

Bs. As (Arg)

Juank dijo...

Notable!!! la página y este señor que yo conocía sólo por sus relatos que me enloquecieron.
La verdad es este un espacio digno de mostrar.
Felicitaciones a quien corresponda.
Un amigable vecino.